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Romance de Zaide

Por la calle de su dama
paseando se halla Zaide,
aguardando que sea hora
que se asome para hablarle.
Desesperado anda el moro
en ver que tanto se tarde,
que piensa con sólo verla
aplacar el fuego en que arde.
Viola salir a un balcón
más bella que cuando sale
la luna en la oscura noche
y el sol en las tempestades.
Llegóse Zaide diciendo:
--Bella mora, Alá te guarde,
si es mentira lo que dicen
tus criadas y mis pajes.
Dicen que dejarme quieres
porque pretendes casarte
con un moro que ha venido
de las tierras de tu padre.
Si esto es verdad, Zaida bella,
declárate, no me engañes,
no quieras tener secreto
lo que tan claro se sabe.--
Humilde responde al moro:
 --Mi bien, ya es tiempo se acabe
vuestra amistad y la mía,
pues que ya todos lo saben.
Que perderé el ser quien soy,
si el negocio va adelante.
¡Alá sabe si me pesa,
y lo que siento el dejarte!
Bien sabes que te he querido
a pesar de mi linaje,
y sabes las pesadumbres
que he tenido con mi madre.
Sobre aguardarte de noche,
como siempre vienes tarde,
y por quitar ocasiones
dicen que quieren casarme.
No te faltará otra dama
hermosa, y de galán talle,
que te quiera, y tú la quieras,
porque lo mereces, Zaide.--
Humilde respondió el moro,
cargado de mil pesares:
--¡No entendí yo, Zaida bella,
que conmigo tal usases!
¡No entendí que tal hicieras,
que así mis prendas trocases
por un moro feo y torpe,
indigno de un bien tan grande!
¿Tú eres la que me dijiste
en el balcón la otra tarde:
"Tuya soy, tuya seré
y tuya es mi vida, Zaide"?

Versión Flamenca:

Por el castillo de luna
que galante se paseaba Zaide
aguardando que saliera
que Celinda de sus tempestades.

Y ya yo lo sé que tu eres valiente
y que descendías tu de buen linaje,
que has mataito mas cristianos
que gotitas de sangre vales.

A mí me han dicho de que tú te casas
y que tú tratabas a mí el olvidarme
y con un moro feo y turco
que del reinaito de tu padre.

Por los llanitos de Granada
que galante paseaba Zaide
y se ha encontraito en batalla
con aquel moro feo y turco
del reinaito de su padre.

Y sale Celinda al balcón
y quien se volviera en valor
que le aventajara en batalla
y a ese moro feo y turco
que la cabecita yo le cortara.

Que ha preguntao el Rey moro,
ha preguntao el Rey moro,
que de quién era ese estandarte,
y le ha contestao un serranito
que de uno que no tiene pare.

Dichosa la mare
que tiene que dar
rosas y jazmines
por la madrugá.

Romance de Francisco Esteban "El Guapo"

Primera parte

Emperatriz de los cielos,
madre de Dios soberana,
lumbrera del firmamento,
tu amparo dame y tu gracia,
para revelar al mundo
las inauditas hazañas,
del sol entre los planetas,
de la rosa entre las plantas,
del león entre las fieras,
y entre las aves el águila,
del guapo Francisco Esteban
gloria del mundo... y de España

Nació Francisco en Lucena,
de valientes noble patria,
hijo de padres gallegos,
según las historias cantan.
Quiso aprender á barbero,
pero tuvo unas palabras
con el maestro, y, después
de romper en sus quijadas
las ollas de agua caliente,
los paños de hacer la barba,
los sillones de la tienda,
y quince ó veinte navajas,
salió huyendo y no paró
hasta la ciudad de Málaga,
donde en los tercios del rey
voluntario sentó plaza.

De Málaga á Cartagena
fue de guarnición su escuadra,
y allí, fama de valiente
cobró, sin mentir la fama.

Una noche el enemigo
intentó asaltar la plaza,
y solo Francisco Esteban
deshizo la encamisada,
matando doscientos hombres
con jefes, pitos y cajas.

Otra vez le entrecogieron
diez hombres de pelo en barba,
sobre no sé qué mozuela,
y en menos que un cura canta
el Credo, desbarrigó
de los diez los nueve, y gracias
que dejó al uno con vida
para referir la hazaña.

En otra ocasión, estando
de vigía en la muralla,
vio venir una galera
de moros, y bala á bala
mató á cincuenta y dejó
color de sangre las aguas,
y quince meses después
de Cartagena en las playas
mas que á pescado sabía
el salmón á sangre humana.

Por estas y otras proezas
pronto logró la alabarda
de sargento; mas un día,
que en presencia de unas damas
le ultrajó su capitán,
él, que á nadie sufre ancas,
tantos sablazos le dio,
lo partió en tantas tajadas,
que recoger sus pedazos,
fue preciso con cucharas.

Y aunque acudió un batallón
á prenderle, con la espada
matando de cinco en cinco,
se huyó y ahorcó la casaca.

Libre ya de las alcuzas
volver pudo á las andadas.
En Cartagena cobró
los cuartos con su baraja,
y á un majo que disputarle
quiso el barato por gracia,
le arrimó tal soplamocos,
que embutiéndole en la tapia
mas próxima, le dejó
tan solo una mano franca,
para quitarse el sombrero
cuando él por allí pasara.

Marchó á Granada después
por saber que allí campaba
el Guapo de Santaella,
y á las primeras mojadas
le hizo en el pecho un portillo
por donde entraron á gatas
los cirujanos , buscando
los pedazos de su alma.

No sacó mejor despacho
en Alicante otro mandria
que robar quiso á Francisco,
porque, sin decir palabra,
con el rejón lo clavó
al quicio de una ventana,
por la uña del dedo gordo,
sin tocar la carne en nada.

De vuelta á Lucena vio
una noche á cierta maja,
de veinte y cinco cumplidos,
mas con tantísima gracia
que era un saladero andando
según la sal derramaba.
Chica de cuerpo, gordita,
morena y bien empernada,
los hombres la perseguían
y las mujeres la odiaban.

Mas sacó Francisco Esteban
á lucir sus esperanzas,
y los hombres y las hembras
anudaron sus gargantas.

Envidó Francisco el resto,
y la niña, sin tardanza,
contestó: — quiero y me voy
de seguida á la baraja.

Casóse Francisco en martes,
y antes de las dos semanas,
entendió que un chulo hacia
la ronda á su prenda cara,
y apenas quedó seguro
de la traición de su chaira,
á ella metió de un sopapo
dentro de tierra cien varas,
y á él de un puntapié le echó
tan alto, que en tres semanas
bajar no pudo á la tierra
hecho polvo de batata.

La justicia acudió luego,
trabóse pendencia larga;
pero al fin herido Esteban
que entregar tuvo las armas,
después de haber empedrado
con cabezas quince varas.

Merced á los protectores
que le grangeó su fama
pudo Francisco escapar
de la penca y de la escarpia;
pero la Sala del crimen
le condenó á que remara
sin sueldo ni prez diez años
en las galeras de España;
donde vamos á dejarle
mientras que la Virgen santa
nos presta su luz y amparo
para acabar la jornada.


Segunda parte

No hay tinta en diez mil tinteros,
ni dan papel treinta fábricas,
para seguir describiendo
de Francisco las hazañas;
mas con la gracia divina
supliré mi ciencia escasa.

Dije en la primera parte
cómo dispuso la Sala
que purgase en las galeras
Francisco Esteban sus faltas.

Dos meses y cuatro días
duró no mas su desgracia,
porque cansado de hacer
vida tan aperreada,
con el aliento quemó
del barco catorce tablas
y el barco se hundió, y quedaron
libres los que en él remaban.

Francisco entonces á tierra
saltó con seis camaradas,
fuertes y altos como torres
y de atravesadas almas,
y trocando sus cadenas
por alamares de plata,
sus doblones por caballos,
y sus pesetas por cargas
de tabaco, hacia Alicante
encaminaron sus plantas.

Quiso la mala fortuna
que mientras Curro agenciaba
la venta, los metedores
se encontrasen con los guardas,
y que aquellos en las uñas
de estos dejasen las cargas.

Supo Francisco el suceso,
y que en pública subasta
había el juez de contrabandos
vendido hasta las albardas,
y cogiendo su trabuco,
y colgándose la charpa,
en el despacho del juez
se entró sin decir palabra.

Quiso el juez pedir socorro,
mas Francisco que esquivaba
derramar sangre, le dijo:
— Si destapa usía la gaita,
le abro una puerta en el pecho
mayor que la de Triana.
Lo que yo pretendo es
que me pague en buena plata
mi tabaco, y que mi gente
fuera de la cárcel vaya.»
— Se hará como usted lo pide:
contestó el juez;— y hacia Cabra,
con su plata y con su gente,
Curro volvió las espaldas.

Tuvo noticias Francisco
de que en Cádiz murmuraban
de que para sus empresas
buscaba siempre compaña.

No necesitó su arrojo
espuela mas afilada:
fijó un puesto de tabaco
en la esquina de la plaza
de San Antonio, sin mas
compañero que su charpa,
al primer guarda que vino
á impedir que despachara
su hacienda, de dos sopapos,
tanto le aplastó la cara,
que sus narices sirvieron
á un barbero de navaja;
y á despecho del resguardo
despachó la última paja.

Pero un soplón, que enemigos
nunca á los valientes faltan,
descubrió dónde tenia,
ocultas sesenta cargas,
y Francisco se encontró
de la noche á la mañana,
perdido y descaminado,
sin amigos y sin plata.

Entonces se echó Francisco
el corazón á la espalda.
Montado sobre una yegua
de piel negra y piernas largas,
ni los pájaros del cielo
de sus uñas se escapaban.
Robó carros y galeras,
saqueó ventas y casas
de campo, cobró pensiones
hasta de grandes de España,
y fue el ladrón mas famoso
que corrió la tierra baja,
por sus golpes de fortuna,
por su valor y su maña.

A una niña le quitó
las ligas de seda y plata
cuando se hallaba en la iglesia,
sobre las piernas sentada.

En una huerta que entró
mandó todas las naranjas,
bala á bala, y tiro á tiro,
desde la huerta á su casa.
Y en fin, tanto de robar,
era su gusto y su gana,
que á una muchacha quitó
que encontró descarriada,
la cera de los oídos,
y, hasta el polvo de las naguas.

Sucedió que el Asistente
de Sevilla, D. Juan Gánobas,
ofreció dar treinta onzas
al que vivo lo entregara,
y Francisco que lo supo
pensó la mayor hazaña
que referirán los siglos.
A las diez de la mañana
entró en Sevilla, buscó
del Asistente la casa,
é hizo pasarle recado
de que un sujeto esperaba.

Hallábase el Asistente
rodeado de sus guardias,
y Francisco sin turbarse
le dirigió estas palabras:
— Treinta onzas ha prometido
vuecencia al que presentara
con vida á Francisco Esteban;
pues para mí las medallas
han de ser, que aquí vuecencia
tiene vivo al que buscaba;
y pues soy quien lo presento,
venga para mí la plata.

Alborotóse la gente;
mas Francisco dijo:

— Calma,
que á ninguno dejo hablar
antes de tomar la paga.
El Asistente admirado
de una acción tan arrojada,
sin vacilar accedió
de Francisco á la demanda,
diciendo:— Pues lo has ganado,
toma y vete.

—Muchas gracias:
contestó el guapo, y salió
por enmedio de la sala,
con el sombrero calado,
sin volver atrás la cara.

Tarde á veces la justicia
del Señor al hombre alcanza,
mas tarde ó temprano llega,
y á hierro muere el que mata.

Estaba una tarde Esteban
apurando cuatro cañas
de manzanilla, en la venta
mas acá de Dos-hermanas,
y el vino le iba quitando
fuerza, poder, tino y maña,
cuando diez carabineros
llegaron á la posada.

No temió al pronto Francisco;
mas viendo que rodeaban
la casa toda, tembló
sin saber por qué su alma.
Quiso violentar la puerta,
y una traicionera bala
le partió el brazo derecho,
y le puso entre las garras
de la audiencia de Sevilla,
azote de gente zafia.
Escaso tiempo duraron
los trámites de su causa.
Lunes nueve de noviembre
dio al verdugo su garganta
de los valientes llorado
y sentido de las damas.

Y aquí de Francisco Esteban
la vida y hechos acaban,
esperando del lector
perdón para nuestras faltas...

Manuel 
María de Santa Ana.

Perejilera

Al salir el Sol dorado
esta mañana te vi,
cogiendo, niña, en tu huerto
matitas de perejil.

Para verte más de cerca
en el huerto me metí,
y sabrás que eché de menos
mi corazón al salir.

Tú debistes encontrarle,
que en el huerto le perdí;
dámelo, perejilera,
que te lo vengo a pedir.

Dámelo, perejilera,
que te lo vengo a pedir;
tengo el pollo en la cazuela
y me falta el peregil.

Anacreóntica

La primavera alegre
llama con dulce risa
al campo de Chiclana
las gaditanas Ninfas,
tras los aciagos tiempos
en que la guerra impía
las tuvo entre murallas
medrosas y afligidas.
Vedlas correr ansiosas,
y ocupar a porfía
las deleznables lanchas,
las ruidosas berlinas:
cuán se unen y conciertan
en parejas distintas,
ya que amistad las junte,
ya porque amor las guía.
La alegre carga sienten
las lanchas oprimidas,
y remando y cantando
se apartan de la orilla.
¡Oh cuán audaces otras
en leves carros brincan
y a los fogosos brutos
a la carrera aguijan!
¡Cuán por llegar se afanan,
y con jocosa grita
al más ligero aplauden
y al perezoso animan!
Bulle en placer Chiclana
al verse acometida,
por mar y tierra a un tiempo,
de tropas tan festivas.
Sus flores, sus guirnaldas
y sus verdes colinas,
para sus danzas presta,
para sus juegos brinda.
Todo es allí contento,
todo descuido y trisca:
donde tronaba Marte,
ya sólo Amor suspira.
Pues que los sitios mismos
ora al placer dedica,
que antes cubiertos vieron
de tiendas enemigas.
Donde asentada estuvo
la horrenda artillería,
que amenazaba a Cádiz
con espantosa ruina,
ahora se ordenan danzas
de enamoradas lindas,
y hacen el son los himnos
que la victoria dicta.
¡Ay, que así se suceden
en esta amarga vida
venturas y desgracias,
dolores y delicias.

Juan Bautista de Arriaza

Valeroso Capitán

Valeroso capitán,
claro espejo de las armas,
temor de los enemigos,
fuerte muro de Granada,
espejo de la milicia,
archivo en quien mi esperanza
vive, y todo mi contento,
causa de todas mis ansias,
no te espantes que mis ojos
ante ti derramen agua,
porque al fin los ojos son
las alquitaras del alma
por donde el amor destila
los vapores que derrama
la pena en el corazón
con el fuego que le abrasa,
cuyo valor excesivo
hace que del pecho salga
el agua, con que el dolor
del corazón se descarga;
y como a mí me combaten
fuego, amor, temor, mudanza,
celos y sospechas, lloro,
porque el corazón descansa.
Por Alá te pido y ruego
que aunque te miren las damas
no las mires, ni las veas,
porque en hacerlo me agravias,
que como eres tan galán ,
cuanto valiente en las armas,
por galán te dan el premio,
y por valiente la palma.

Romancero de Romances Moriscos, por don Agustín Durán

Por Dios, señores poetas

Por Dios, señores poetas,
que tengo por recio caso,
y aun por necedad no chica,
perdonen mi desacato,
desvelarse en escribir
de Durandarte el gallardo,
y el gastar tinta y papel
en Scipiones y Alejandros,
en Aníbales y en Pirros,
en Antonios y Dentatos,
en las astucias de Ulises
y de Sinón los engaños,
y en aquel Turno y Eneas
que los antiguos soñaron,
en Angélica y Medoro
cuando fueron ermitaños,
en el fiero Rodamonte
y el furioso Mandricardo,
y en los doce de la Tabla;
que basta cansar al diablo
en las fuerzas del de Anglante
y de su primo los tajos,
sino en decir cuándo España
domó el furor de sus brazos.
¿Por qué en naciones extrañas
hemos de andar mendigando,
como si en ésta faltasen
hechos de varones claros?
Donde está un restaurador
de nuestra Iberia, Pelayo,
dos valerosos Ramiros
y un don Osorio de Campos,
un Alfonso, y otro Alfonso,
un y otro rey don Fernando,
un fuerte Cid Campeador,
Fernán González, Bernardo,
los siete Infantes famosos
en tierna yerba segados,
un Diego Ordóñez de Lara,
un valiente Arias Gonzalo,
un Fernando del Pulgar,
Benavides, Garcilasos,
Portocarrero, Narváez,
dos maestros afamados,
un Garcipérez de Vargas,
un Martín Galindo el Bravo,
un Guzmán llamado el Bueno,
un Ponce de esfuerzo raro,
de Granada un don Alonso,
de Almería Infante Claro,
un Carlos Quinto invencible,
llamado Marte Cristiano,
un don Juan del tronco de Austria,
terror del fiero Otomano,
un Ávalos, un Antonio,
un Gran Capitán Gonzalo,
un García de Paredes,
un Céspedes, un Navarro,
un Cortés, conquistador
de imperios y reinos anchos,
un Bazán, que por tutor
tuvo en sus hechos el hado,
un Alburquerque, y un Gama,
valerosos lusitanos,
y, finalmente, otros muchos
que con corta pluma agravio,
destos es bien que se entonen,
señores, gloriosos cantos,
pues defendiendo la fe
y este rincón que ocupamos,
y dándole extraño reinos
sus nombres eternizaron.
Vuestros negocio haréis,
señores, en celebrarlos,
pues vuestros versos con ellos
quedarán perpetuados;
porque llegado a tratar
ahora de los romanos,
lo que dellos más se estima
son los melones y gatos.

Gabriel Lobo Lasso de la Vega

La Mayor Pena

Cogieron a un salteador
de caminos, a un verdugo,
de crímenes mil cubierto,
bañado en sangre hasta el puño.
Quiso dársele un castigo
horroroso cual ninguno;
y unos decían: "Ahorcarle",
y otros: "Quemarle desnudo",
y otros: "Hacerle tajadas
más pequeñas que almendrucos",
y el preso se sonreía...
Mas gritó un hombre viudo:
"¡Casadlo!", ¡y el criminal
muerto se calló del susto!

Manuel María de Santa Ana y Rodríguez

Despedida

¡Rosa, a Ceuta por diez años
mi perra suerte me envía!
¡Dios perdone a la real mosa,
causaora e mis desdichas!
¿Te acuerdas, Rosa, del majo,
cara de chupa-torsías,
que se vino a requebrarte
junto al barrio de la Viña?
Pues esa mona encontró,
por respuesta a la tetiya
una cuarta de lenguao
que lo tendió pansa arriba.
Vino la guardia, prendióme,
y, entre fariseos y escribas,
a presiyo por diez años,
como te he dicho, me envían.
Por ti, Rosa, por tu gracia
presa yo el alma tenía,
y entre caenas el cuerpo
también por tu sal se mira.
¡Por ti no verán mis ojos
en diez años de faitigas
los terruños de Chiclana
ni del Puerto las marismas!
Mas ¿qué importan estos males,
si los comparo, mi vida,
con el mal de abandonarte
por diez siglos? ¡Mala víbora
pique al juez y al escribano
que asistieron a la vista
de mi causa, y mala bomba
los pegue contra una esquina!
Ya no irás, Rosa del alma,
sentada tras de mi silla
vaquera y sobre mi tordo
a la feria de Lebrija;
ni sentiré ya tu mano
a mi cintura ceñida:
ni el roce de tu vestido
sacará a mi cuerpo chispas,
ni me quemará tu aliento,
ni, de la rosa prendida
en tu pelo, la fragancia
me hará que pierda la crisma.
Ni embosaos, yo en mi capa
y tú, Rosa, en tu mantilla,
iremos ya a Puerta Tierra
a merendá pescaíyas
vivitas con aseitunas
gordas, morás y partías.
Ni allí, teniendo delante
una mesa coja y chica,
y arrellanás las presonas
sobre dos temblonas sillas,
tú, mirándome con ojos
de carnero cuando espicha,
y yo, Rosa, devorándote
con el alma y con la vista,
meterás los cinco dedos
en la fuente de corvina,
para que yo te los chupe
hasta sacar sangre viva.
¡Ni en los bailes del tío Roña
bailaremos seguiriyas
punteás con castañuelas
y guitarras!... Rosa mía,
si tanto pierdo, si tanto
me cuestan las ansias finas
con que te camelo, paga
con tu constancia mis cuitas:
que no me jagas traiciones,
porque, entonces, no te libra
la cariá de un jabeque
en la mitá de la fila.
¡Adiós, Rosa, adiós, morena
de mis ojos! Persuadía
pues quear, que mientras yo
en Cádiz o en Ceuta viva,
no te faltará un gachón
que te quiera con faitigas,
un braso que te defienda,
ni un corazón que te rinda,
su sangre por un recuerdo,
y por un beso su vida.

Manuel María de Santa Ana y Rodríguez

El Peladero de Pava

Si en la esquina de una calle
liado veis en su capa
a un mozo, con el sombrero
que las narices le tapa,
en jarras puestos los brazos,
algo encogido de espalda,
y apoyándose en el muro
cual si le doliera el alma
de esperar, puestos los ojos
en una baja ventana,
silbando de vez en cuando
e impacientándose hartas,
es que ese mozo padece
fatigas color de caña,
por una moza a la que
su madre o su tía la guarda,
y no tiene otro consuelo
en sus penas y en sus ansias
que venir a comer hierro
de noche y pelar la pava.
Pasar puede ante su vista,
mientras que a su prenda aguarda,
un regimiento de mozas,
moviendo lenguas y faldas;
cuando más, él las dirige
entre dientes dos palabras,
que pueden ser: ¡viva el garbo!
o ¡bendita sea tu alma!
y ellas siguen su camino
con el requiebro más anchas,
y el vuelve a mirar la reja
donde ver quiere a su amada.
También suele haber vecinas,
que porque a la novia aman,
o porque del novio gustan,
o porque los dos le cargan,
desde el cierre de cristales
de sus fronterizas casas,
observan si llega el mozo
temprano o tarde, si anda,
si se impacienta, si silba,
si hace señas, si le llaman,
y si, en resumidas cuentas,
habla, pide, toma o marcha.
Pero ni de estos vigías,
que a su dicha ponen trabas,
se ocupa el mozo que anhela
ver en la reja a su chaira.
¿No observáis que, poco a poco,
él de la esquina se aparta,
y restregándose viene
paso a paso por la tapia,
y más se mete el sombrero,
y más se lía en la capa,
y se encoge más de hombros,
y más pone el brazo en jarras,
y los ojos siempre fijos
en un punto, se adelanta,
y atraviesa la corriente,
y contra un quicio se aplasta?
Pues eso es que ha notado
que ya no hay luz en la estancia
donde junta la familia
de su prenda idolatrada
o reza el santo Rosario,
o para un pobre trabaja,
o hasta que llega la hora
de dormir juega a la báciga.
El galán sabe que en breve
todos duermen en la casa,
y que en breve a la que adora
verá en la ventana baja,
y su corazón da golpes
con más fuerza que una aldaba,
y escucha, y de su querida
los pasos siente en el alma,
y oye el crujir de su ropa,
y el olor siente que exhala,
y todo, cuando aún las puertas
de cristal siguen cerradas.
Se abren al fin; pero no
sin que antes la niña cauta
no haya apagado la luz,
que en el barrio hay lenguas malas.
En otro tiempo las mozas
de pie la noche pasaban,
cual si buscaran los labios
el nivel como las aguas;
pero hoy, que menos amor
toman y dan que palabras,
o se sientan, o se echan
de bruces en la ventana,
y un pañuelo en la cabeza
traen, que prenden a la barba,
temiendo que se constipe
el amor, que en cueros anda,
y sentadas o tendidas,
de todas suertes, las caras
medio enseñan, en la sombra,
tras la entreabierta persiana.
¿Qué se dicen los amantes
en esas noches tan largas
del invierno, y en qué el tiempo
de esas largas noches pasan?
Ni es cosa siempre sabida,
ni es prudente averiguarla,
mas poco más, poco menos,
ved aquí lo que allí charlan:
-¡Gracias a Dios! Me temía
que esta noche no bajaras.
-Culpa ha sido de mi madre
que evita... -Bueno es que haya
a quien echarle la culpa.
-Di más bien que tú te cansas
pronto de esperar. -Pepilla,
no me achicharres el alma.
¿No sabes que por mirarte,
soy, es esa esquina estatua,
y que los hombres me apestan
y que las hembras me enfadan?
¿No sabes que yo no vivo
sino las horas que pasan
a tu lado y que por verte
dejo mi oficio y mi casa?
Ni que el trono me ofrecieran
del emperador de Francia,
yo dejara de adorarte,
yo de esperarte dejara.
-¿Tanto me quieres? -Te quiero
más que las rosas al agua,
que, en sus hojas, cual brillantes,
deja el rocío en la mañana;
más que a su hijo la madre
que a su pecho le amamanta,
y teme que a arrebatárselo
venga una muerte temprana;
más que el náufrago, perdido
en lo inmenso de las aguas,
anhela llegar al puerto
donde salvación aguarda.
-¡Bendita tu boca sea!
-Y bendita sea tu cara
toda entera, y tu sandunga
que va chorreando gracia;
y bendito sea tu cuerpo,
y benditos sean tu alma
y el padre que te engendró
y el cura que te echó el agua.
-¡Ay Manuel, me vuelves loca!
-¡Ay Pepilla, que me matas!
-¿Volverás mañana? -Sí.
-Pues márchate ahora. -Aguarda,
y un consuelo a mi cariño
antes dame que me vaya.
-Toma una mano. -Eso es poco.
-Toma las dos. -No me bastan.
-¿Qué más quieres? -Dame un beso.
-¡Un beso! ¿Qué es lo que hablas?
¡Es pecado! -Dios perdona
a los que de veras se aman.
-¿Y si lo ve una vecina?
-Todas duermen, a Dios gracias.
-¿Y si mi madre nos oye?
-También tu madre descansa.
-¿Y si tú lo cuentas luego?...
-Tus dudas sólo me agravian.
-¿Y si...? En fin, vamos, no quiero.
-¿Es decir que me engañabas
cuando jurabas quererme?
¡No, Pepa, tú no me amas!
¡Mal haya, amén, el cariño,
que tan mal, traidora, pagas!
-Pero un beso... -Ay, no esperes
que yo vuelva a esta ventana,
ni pase por esta calle,
ni este mes, ni en diez semanas.
-Pero un beso... -Es lo que das
a una vieja desdentada
que te encuentras, y a un chiquillo,
y en la mano a un padre de almas.
-Pero Manuel... -Pero Pepa...
-No me exijas que me haga
indigna de tu cariño.
-El amor todo lo ensalza.
Cuando dos labios a unirse
misteriosa fuerza arrastra,
y la vil carne obedece,
y el espíritu es quien manda,
el beso que entre dos labios
un alma a la otra enlaza,
quema, achicharra, calcina,
mas no deshonra, ni mancha.
-Pues toma y vete...
                                 Y vencida,
más que el pensamiento rápida,
besa y huye, y salta y cierra
cristales, puertas y aldabas,
cual si del pecado horrible
que de cometer acaba
tema que a pedirle cuenta
vengan el mundo y la fama;
mientras, su feliz amante
pausadamente en su capa
se envuelve, saca un cigarro,
lo enciende, y en la ventana
por última vez la vista
clavando, un suspiro exhala,
y parte saboreando
su peladero de pava.

Manuel María de Santa Ana y Rodríguez

El Ambidiestro

Para salir a campaña
pidió un gitano dos sables.
- ¿Para qué? - le preguntaron.
- La explicación - dijo- es fácil:
cuando mi mano derecha
con uno franceses mate,
¿si otro sable no me diñan,
mi mano izquierda qué jace?

Manuel María de Santa Ana y Rodríguez

El Baile de Palillos

Allá en los años de mil
ochocientos treinta y ocho
había en la calle de Jimios
(callejón sucio y angosto
de Sevilla), y en los altos
de un rancio almacén de mosto,
una blanqueada casa
con un balcón bajo y solo.
Subíase a la vivienda
por veinte peldaños rotos;
más de lo justo empinados,
pero limpios como el oro.
Arriba ya se ofrecían
del visitante a los ojos
una sala aljofifada,
bancos de la sala en torno,
candilejas encendidas
de trecho en trecho, y al fondo
una cocina sin más
ollas, cazuelas y adornos
que una tinaja con agua,
tan grande como el cimborrio
de la catedral, y un mueble,
que por respeto no nombro.
Más adentro había una alcoba;
mas de ésta sólo es forzoso
decir que allí descansaba
de sus triunfos borrascosos
Miguel Barrera, el Platero,
bailarín el más famoso
de fandango y castañuelas,
desde Sevilla hasta el Polo.
De seis a siete en invierno,
y en verano al dar las ocho,
la sala de Miguelito
llenábase, poco a poco,
de los mocitos del barrio
y de otros barrios remotos,
solos que hacían la guardia
a más de un divino rostro;
de hijas de honradas familias,
pobres, con su madre al codo;
de sastras, de cigarreras,
y freidoras de tonono;
unas lindas y otras feas,
mas todas de alegre rostro,
de zapatitos con galgas
y de vestidillos cortos.
Presto la sala llenábase
de cuerpos jacarandosos;
presto una ronca guitarra
comienzo daba al jolgorio,
punteando seguidillas,
o unas mollares, o un polo,
y en punta ponían los huesos
mozos y muchachas pronto.
Hace años mil que estas fiestas
dieron ya punto redondo,
y aún se hace mi boca agua
si a recordarlas me pongo.
Aún me parece estar viendo,
sacudiendo el envoltorio
de las culpas, veinte mozas
frente a frente de sus novios,
cerniéndose, y repicando
las castañuelas en coro,
y diciéndose al oído,
al pasar de un lado al otro,
palabrillas de jalea,
a que respondían los ojos,
o un suspirillo arrancando
al pecho de lo más hondo.
Aún oigo decir: "Mi vida".
Y responder: "Yo te adoro".
Y murmurar: "A las doce".
Y añadir: "No sea usted tonto."
Aún me parece que escucho
yendo y viniendo piropos;
y que celos y amenazas
entre vuelta y vuelta oigo.
Y aún creo ver a una muchacha,
que ha cansado a veinte mozos,
roja como una cereza,
sudando a mares y a chorros,
que va a buscar a su madre
y a su lado sienta el hopo,
y con el olan del cuello
se limpia el sudor del rostro,
y sin más ni más, se alza
la enagua corta de coco,
y toma en la faldriquera
un bollo de pan con lomo,
y lo ofrece a las amigas,
y, en menos que canta un pollo,
se lo traga, y vuelve al baile
a dar más vueltas que un trompo.
Mientras las doce no daban,
no había un punto de reposo,
ni un instante de silencio
para unas ni para otros.
Solían, cuando acababan
de descuadernarse locos,
ellas, ir a la cocina
a tirarse de agua un chorro;
y ellos, bajar a la tienda
del montañés allí próximo,
a tomarse cuatro cañas,
de chorizo con un trozo;
pero apenas Miguelito,
puesto en el centro del corro,ç
sacudía las castañuelas,
llamándolos al jolgorio,
empujándose corrían
a ocupar sus puestos todos,
y a bailar como azogados,
y a gritar como demonios.
Sólo al dar la media noche
cesaba el baile de pronto,
y sus prendas recogían
las muchachas y los mozos,
y se echaban a la calle
dos a dos y unos tras otros,
sin dejar de su presencia
más señal en el contorno
que algún dulce: "Hasta mañana",
o el eco blando y sonoro
de algún regalado beso
que daba envidia al demonio.

Manuel María de Santa Ana y Rodríguez

Salve de los Presos

Dios te salve, aurora bella,
Madre de Dios y consuelo,
amante y querida esposa
del Espíritu Supremo.
Hija del Eterno Padre,
Madre del Divino Verbo;
salve, admirable Sagrario,
puro, hermoso y bello Templo
de la Trinidad Divina.
Criada del Ser Eterno,
concebida sin la mancha
de nuestro padre primero.
¡Oh, dulcísima María,
Sacra Emperatriz del Cielo,
a ti, Señora, rendidos,
pedimos presas y presos
que nos miréis con piedad,
con amor benigno y tierno!
Alivia nuestras prisiones,
dadnos, Señora, el consuelo,
que de tu amor lo esperamos
y todo por ti lo hacemos:
serviros en esta vida
y alabaros en el Cielo.
Digamos: ¡Ave, María!
para que tiemble el Infierno.

Bergardina

Un padre tenía tres hijas
más bonitas que la plata,
y la más rechiquitita
Bergardina se llamaba.
Bergardina se pasea
por una sala cuadrada
con gargantilla de oro
y el pelo que le arrastraba.
Estando un día comiendo,
su padre la retrataba,
y le dijo: -Bergardina,
tú has de ser mi enamorada.
-No lo permita Dios, padre
ni la Virgen consagrada.
-Vengan pronto los criados
y a Bergardina encerrarla
en un cuarto muy profundo
que en este palacio haya.
Ella se metió pa dentro
con las lágrimas saltadas,
con lágrimas de sus ojos
todo el cuarto lo regaba.
-Y si pide de comer,
dadle carne muy salada,
y si pide de beber
dadle zumo de retama.
Al otro día siguiente
por un balcón se asomaba
y vio a sus dos hermanitos
jugando al juego de damas.
-Hermano, por ser mi hermano,
dame una poca de agua,
que tengo más sed que hambre
y a Dios le entrego mi alma.
-Calla, puerca, deshonesta,
cochina, desvergonzada,
que no quisiste cumplir
lo que el rey padre mandaba.
Al otro día siguiente
por un balcón se asomaba
y vio a su madre venir
peinándose puras canas.
-Madre, por se' usted mi madre,
dadme una poca de agua,
que tengo más sed que hambre
y a Dios entrego mi alma.
-Hija de mi corazón,
la diera de buena gana,
pero si padre se entera
el pescuezo me cortara.
Al otro día siguiente
se asoma en otra ventana
y vio a su padre sentado
en sillón de rica plata.
-Padre, por se' usted mi padre,
dadme una poca de agua,
que tengo más sed que hambre
y a Dios entrego mi alma.
-Vengan pronto los criados.
y a Bergardina con agua,
unos con jarros de oro
y otros con jarros de plata,
y aquel que llegue primero
con Bergardina se casa.
Y en llegando todos juntos
allá la encuentran postrada:
Bergardina estaba muerta,
los ángeles le cantaban
con clarines y guitarras
y al Cielo se la llevaban.

La Mala Suegra

Mi Carmela se pasea
por una salita alante,
con los dolores de parto
sin tener a quién quejarse.
Asomada a una ventana
que ella solía asomarse:
-¡Ay, Dios mío, quién tuviera
una sala en aquel valle
y por compaña tuviera
al buen Jesús y a su madre!
La suegra, que oía eso,
que era digno de escucharse:
-Carmela, coge la ropa,
vete a parir con tu madre,
a la noche vendrá Pedro,
yo le pondré de cenar
y también la ropa limpia
por si se quiere mudar.
A la noche vino Pedro:
-¿Mi Carmela dónde está?
-Tu Carmela, con su madre,
porque aquí no puede estar,
porque me ha puesto de bruja
y me ha querido pegar.
Monta Pedro en su caballo
y en busca Carmela va
y al entrar por la portada
se encontró con la comadre:
-Buenos días tengas, Pedro,
ya tenemos un infante.
-Del infante gozaremos,
de Carmela Dios lo sabe.
Alevántate, Carmela,
que nos vamos de viaje.
-De dos horas de paría
no hay mujer que se levante.
-Alevántate, Carmela,
no vuelvas a replicarme.
-Pues encendedme cuatro velas,
que ya voy a levantarme.
Montó Pedro en su caballo
y Carmela por delante,
anduvieron siete leguas
sin mirarse y sin hablarse.
-Carmela, ya no me hablas
como tú me hablabas antes.
-¡Si los pechos del caballo
los llevó bañados en sangre!
-Tú confiésate, Carmela,
como si yo fuera un padre,
que detrás de aquélla ermita
llevo intención de matarte.
Le ha dao doce puñalás,
se ha revolcado en su sangre.
-¿Quién se ha muerto, quién se ha muerto?
-La condesa de Olivares.
Contestó el niño chiquito
con dos horas no cabales:
-No se ha muerto, no se ha muerto,
que la ha matado mi padre
por un falso testimonio
que suelen de alevantarse.
Las campanas de la Gloria
repiquen para mi madre;
las campanas del Infierno
repiquen para mi padre;
y una abuela que yo tengo
reviente por los hijares.